Después del fin de semana en el que ninguno de los dos puso un pie fuera de ese departamento excepto para que Arthur moviera las cosas desde el suyo que ya tenía una maleta lista pensando en que volvería a New York después de esa noche, algo que jamás sucedió, era hora de volver a la realidad, aunque esa mañana no hubiese sido perfecta sin un apasionado desayuno que por primera vez él preparaba para una mujer, debía reconocer que llevar esa bandeja a la cama era una tentación muy grande.
Liz l