Cuando nos estacionamos, la fiesta ya estaba en su apogeo detrás de la casa de la manada. Una Omega nos recibió en la puerta principal y nos guio hacia adentro; el aroma de Kennedy me golpeó de lleno. Era como un bálsamo después de una herida dolorosa, una herida de un mes entero que pasé lejos de ella. Todo mi cuerpo se relajó y cada gramo de la tensión que Claude me había provocado ese día desapareció.
—¿En serio, Alfa? Te pegó duro, amigo. Creo que hasta sonreíste.
Josh se rio en mi mente y decidí ignorarlo mientras borraba esa expresión de idiota de mi cara. No se equivocaba, pero no pensaba admitirlo. Todavía no iba a hablar de Kennedy con ninguno de ellos. La necesitaba como mi compañera, pero no podía tenerla y no la quería, porque era humana y representaba una debilidad que no me podía permitir.
Había estado demasiado ocupado para investigar sobre las compañeras humanas y lo que eso implicaba para un Alfa. Tampoco se lo había dicho a nadie más. “Concuerdo con mi lobo: ella deb