—¡Solo son niños! —gritó Amadeus, el de la capa negra.
Una mujer morena se apartó de la multitud y avanzó hacia los dos hombres que se batían en duelo junto a mí. La niña volvió a animarse y sonrió. No había mostrado el miedo que cualquier criatura sentiría ante la batalla que tenía delante; casi la anhelaba. Al mirarla, noté un parecido con la mujer de verde. El mismo cabello castaño y largo, los mismos ojos oscuros almendrados. Movía los brazos de una manera complicada. El viento había empezad