Elara
Un crujido y un chisporroteo recorrieron el aire; olía a ozono, como antes de una tormenta eléctrica, y sentí que me quitaban un peso de encima.
Pude respirar hondo por primera vez en mucho tiempo. Mis sentidos regresaban más agudos. La asfixia que provocaba la magia había desaparecido y me sentía mareada. La presión se había prolongado tanto que no me había dado cuenta de cuánto me agobiaba.
El constante tum-tum del corazón de Ben me arrullaba hasta relajarme. Quería creer que todo había