Calculé que habían pasado al menos dos horas. Afuera estaba oscuro, así que no podía saber cuánto tiempo había transcurrido, pero ya no soportaba seguir acostada. Me deslicé fuera de las cobijas y crucé la habitación descalza. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando un brazo me rodeó la cintura y me jaló contra un pecho firme.
—¿A dónde vas? —Su aliento cálido me hizo cosquillas en el borde de la oreja y un escalofrío me recorrió.
—No me estoy escabullendo, no quería despertarte. Ya descansé