Finn
Éramos una maraña de pelaje y colmillos. El hedor de aquel rebelde era suficiente para provocarme arcadas, pero seguí mordiéndolo. Era rápido, pero descuidado. Sus garras no daban en el blanco porque peleaba con rabia, no con control.
Su lobo se echó hacia atrás y el mío se lanzó hacia un costado, giró rápido y le atrapó el flanco. Le desgarró el músculo y un aullido nos recompensó cuando cayó al suelo e intentó alejarse cojeando. Mi lobo no iba a permitir eso de ninguna manera. Le saltó e