—¿Puedo entrar, corderito?
—Por supuesto —respondí. Mi voz sonaba débil, pero no triste ni abatida, solo cansada.
—Lo siento muchísimo, mi amor. No tenía idea de que eras tú, o lo habría dicho antes. Sé que mi papá dijo que nos lo ocultó para no empeorar la imagen que tenías de mí, pero creo que era algo que debíamos saber. Y todo lo demás por lo que te hice pasar... No sé si puedas perdonarme —Se veía tan triste. Odiaba esa expresión en él.
Estaba arrodillado junto a la tina, con el rostro cerc