—¿Y nunca se lo dijiste a Jeremiah?
Negó con la cabeza.
—Al menos tú escuchaste toda la historia, sin importar cuánto quisieras dejarme de lado e irte a ocuparte de él tú solo. Jer nunca habría sido tan calmado; todavía pierde el control cuando no lo llamo cada día, aunque los dos llevemos vidas separadas. Además, no hay nada de qué ocuparse. Los que me pusieron las manos encima, y otras cosas, ya no están para rendir cuentas.
—Tienes tan poca vergüenza conmigo, pero ¿no puedes decir “verga” cua