—Mmm. ¿El “por favor”... ah... oh, o mi nombre?
—Rrrrrr, ¡mierda! Los dos. Me gusta cuando me suplicas —Extendió la mano, tomó el mentón entre los dedos y arrastró el pulgar sobre mis labios—. Pero me encanta cómo mi nombre cae de estos labios. ¡Mierda! Ven conmigo, bebé.
Era como si tuviera el interruptor que encendía mi clítoris. Me apretó con más fuerza contra él, y mi centro palpitaba intentando aferrarse a nada, pero era tan intenso como cualquier otro orgasmo que me había dado. Probablemen