Al llegar a su departamento, Amira abrió la puerta y lo invitó a pasar. La vista desde su balcón era impresionante: la ciudad iluminada brillaba como un océano de estrellas. David se acercó a la barandilla, maravillado por la belleza del lugar, pero su atención rápidamente se desvió hacia Amira, que lo observaba con una mezcla de nerviosismo y expectativa.
—Eres hermosa, —dijo él, sin apartar la vista de ella.
—No tanto como tú, —respondió Amira, dando un paso más cerca, restando el espacio entr