El sonido del motor era el único que llenaba el silencio. Ares conducía con la mandíbula tensa, las manos aferradas al volante, como si eso fuera lo único que lo mantenía en pie.
Isabel estaba al lado de Lucía, rígida, los ojos fijos en el camino, pero sin mirar realmente. El temblor en sus dedos la delataba.
Lucía iba en el asiento trasero, sin hablar, como un volcán contenido.
La conversación pendiente flotaba entre Ares e Isabel como una herida abierta. Hasta que ella ya no aguantó más.
—Qui