Las manos de aquellos hombres eran ásperas, sucias, rudas. Isabel forcejeó con toda la fuerza que le quedaba, pero sus movimientos eran torpes, lentos, limitados por el embarazo, por el cansancio, por el miedo. Su mente gritaba que tenía que pelear, que no podía permitir que nadie, nadie, le hiciera daño a su hijo.
Ese pensamiento fue como una chispa encendiendo una hoguera. El instinto maternal le rugía por dentro, empujándola a seguir luchando, aunque el cuerpo ya no respondiera como antes,