La escalera norte siempre había crujido en el tercer peldaño.
Lo sabía desde niña.
Aquella tarde no llegué al tercero.
Llevaba un montón de sábanas dobladas contra el pecho.
No veía bien mis pies.
No importaba.
Había subido aquellas escaleras miles de veces.
Uno.
Dos.
Escuché algo detrás.
Un paso.
Me volví apenas.
No vi a nadie.
Seguí.
Entonces sentí el golpe.
No fuerte.
Una presión seca entre los omóplatos.
Suficiente.
El pie se me escapó del borde.
Las sábanas volaron.
Intenté agarrarme a la