Darien volvió a golpear la puerta.
—¡Eh! ¡Abrid!
Nada.
Del otro lado solo llegaban voces lejanas y pasos que se acercaban poco a poco.
Yo seguía junto a la estantería.
El estómago me dolía.
No por estar encerrada.
Por lo que ocurriría cuando abrieran.
Darien me miró.
—Esto está hecho a propósito.
—Sí.
—¿Sabes quién?
No contesté.
No hacía falta.
Él soltó aire.
—Elya.
Levanté la cabeza.
—No lo digas tan alto.
—¿Por qué?
—Porque si alguien escucha...
—Serafine, estamos encerrados en una habitación