Mundo ficciónIniciar sesiónEl cuarto era más grande de lo que Avelyn había imaginado. Las paredes de madera pulida, la alfombra suave bajo sus pies y las ventanas que daban al bosque la hacían sentir como si estuviera en un refugio… y, al mismo tiempo, atrapada en un lugar demasiado importante para alguien como ella.
Se dejó caer sobre la cama, apoyando la cabeza contra la almohada. La adrenalina del incendio todavía vibraba en su pecho, y aunque estaba a salvo, la sensación de vulnerabilidad no desaparecía del todo. Intentó calmarse, respirar profundo, repetirse que estaba protegida… aunque en el fondo sabía que nada de eso la hacía completamente inmune. Un sonido suave la hizo girar la cabeza. Una mujer apareció en el umbral, con una presencia salvaje y segura, que imponía respeto sin necesidad de palabras. Sus ojos brillaban con inteligencia y fuerza, y Avelyn entendió al instante que estaba frente a alguien acostumbrado a que todo a su alrededor respondiera a su voluntad. —Tranquila, querida —dijo la mujer, con voz cálida—. No tienes de qué preocuparte. La Casa tiene protecciones de Hechiceras. Nadie entrará aquí sin autorización. Avelyn asintió lentamente, intentando absorber la serenidad que emanaba de ella. —Gracias… es solo que… todo pasó muy rápido. —Su voz sonó más débil de lo que quería, y se obligó a incorporarse, a sentarse derecha. No podía mostrarse frágil. La mujer asintió con comprensión y se acercó un poco más. —Estás en la Casa Grande por un motivo. Todo lo demás, déjalo pasar. —Su mirada era firme, protectora, y algo en su tono hizo que Avelyn sintiera un pequeño alivio inesperado. Se recostó nuevamente contra la almohada, dejando que la respiración se normalizara. Estaba a salvo, pero su mente seguía girando, repasando el incendio, la pérdida de su cabaña, todo lo que había dejado atrás y lo que todavía debía enfrentar. —¿Quieres que te muestre la casa un poco más? —preguntó la mujer, rompiendo el silencio—. Así te sentirás menos perdida. Avelyn sonrió un poco, agradecida. —Sí, por favor. Creo que… necesito un poco de orientación. Mientras caminaba junto a ella, un pensamiento insistente recorría su mente: Estoy aquí por algo… pero todavía no sé qué significa eso exactamente. Avelyn siguió a la mujer por un pasillo amplio, admirando cómo la madera de las paredes parecía respirar con vida propia. Cada detalle estaba pensado para comodidad y seguridad; no era solo una casa, sino el corazón de toda la Manada. Llegaron a un salón inmenso. Varias mesas ocupaban el espacio, algunas con Lobos jóvenes leyendo, otros jugando cartas o charlando. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el calor de la chimenea encendida, creando una sensación acogedora y casi familiar. Algunos cachorros jugaban en un rincón bajo la mirada atenta de un par de adultos, como una pequeña guardería. —Aquí es donde la Manada se reúne —explicó la mujer—. Jóvenes, ancianos, todos encuentran su lugar. Puedes comer, leer, estudiar, o simplemente pasar el rato. Nadie queda fuera. Avelyn se detuvo un momento, observando a un grupo de adolescentes riendo en torno a un billar. Más allá, una sala de juegos albergaba mesas de cartas y consolas de video. Sonrió levemente. Era fácil imaginarse a ellos pasando horas aquí, creciendo y aprendiendo en un ambiente seguro, protegido por Hechiceras y Lobos por igual. Luego la llevaron a la biblioteca. Las estanterías alcanzaban el techo y contenían libros de todo tipo, desde historia de la Manada hasta manuales de construcción y magia. Algunos sillones estaban dispuestos junto a ventanales que daban al bosque, ofreciendo un lugar tranquilo para perderse en la lectura. Avelyn sintió un escalofrío agradable; la casa no era solo imponente, sino viva, pensada para nutrir cuerpo y mente. —Incluso hay un lago en los terrenos —dijo la mujer—. Muchos Lobos vienen a nadar o entrenar allí. Es su forma de mantenerse en forma y de relajarse. Avelyn asintió, dejando que los ojos recorrieran cada rincón. No era solo la casa de un Alfa; era la Casa Grande de toda la Manada, un lugar de protección, comunidad y fuerza. Por un instante, pudo imaginarse formando parte de eso, aunque todavía no supiera si estaba ahí para residir permanentemente o solo momentáneamente hasta que le asignan otra cabaña. Mientras la mujer la dejaba sola para que explorara un poco más, Avelyn se apoyó en un marco de puerta y respiró profundo. Cada sonido, cada movimiento, cada risa de los jóvenes Lobos le recordaba que había entrado en un mundo completamente distinto. Un mundo donde debía aprender rápido… o quedarse atrás. Desde la sombra del balcón del piso privado, Rhydan observaba. Su postura era rígida, controlada, pero la intensidad de su mirada sobre Avelyn era implacable. Cada gesto de ella, cada sonrisa distraída, activaba en él algo primitivo. La quería cerca, pero sabía que su debilidad aparente —su humanidad— podría poner en riesgo a toda la Manada si otros Alfas llegaban a enterarse. Grath, en su mente, gruñó bajo, percibiendo la tensión. La presencia de Avelyn era desconcertante: humana, frágil, pero con una determinación que incluso el Lobo podía sentir. Rhydan frunció el ceño, escuchando el rugido bajo de Grath en su interior. “Mía. No permitiré que le hagan daño.” De regreso en la biblioteca, Avelyn se acomodó en un sillón junto a una ventana que daba al bosque. Desde allí, podía ver la luz filtrarse entre los árboles, la bruma del lago y la quietud de los terrenos. No tenía idea de que, justo encima de ella, Rhydan la estudiaba en silencio, evaluando cada respiración, cada movimiento. Era un juego silencioso: ella exploraba, él vigilaba. La Casa Grande se convertía en su tablero, y Avelyn, sin saberlo, ya ocupaba un lugar en su territorio, marcado desde la distancia por un Alfa y su Lobo. Rhydan permanecía en el piso privado, recostado contra la barandilla que daba al salón principal. Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de Avelyn, aunque no dejaba que nadie lo notara. La tensión en su cuerpo era palpable; había algo en ella que lo perturbaba, que despertaba un deseo primitivo y al mismo tiempo una cautela que no podía ignorar. —Alfa… ¿qué pasa con ella? —preguntó Jarek, apoyando un brazo en la barandilla a su lado—. No es solo que esté aquí en tus territorios. No la traerías a la Casa Grande si no… si no hubiera una razón. Rhydan no respondió. Su mirada permanecía fija en Avelyn, observando cómo exploraba el salón, cómo cada gesto suyo parecía ocupar espacio y atención sin esfuerzo. No era solo la humana en sí; era la osadía, la calma y la valentía de moverse en un mundo que, para cualquiera de su especie, podría parecerle peligroso. Grath gruñó bajo, su presencia palpable en la mente de Rhydan. “Márquela. Hazla tuya. Es la Luna que debes proteger.” Rhydan frunció el ceño y apretó los puños. “No… no puedo. No todavía. Una Luna humana… es un riesgo. Si otros Alfas se enteran, me señalarán como débil. Y si algo le sucede…” La voz en su cabeza se apagó, pero el sentimiento persistía. —Grath no se equivoca, Alfa —intervino Jarek—. La marca la protegería, aseguraría que nadie más se acerque. Es… instintivo. Rhydan giró la cabeza lentamente, su mirada encontrando la del Beta. —No es instinto —dijo, la voz grave y controlada—. Es estrategia. Y ahora mismo, mi estrategia no permite errores. Tener una Luna humana aquí podría traer problemas que ni siquiera imaginas. Grath rugió, casi un grito gutural, sintiendo la frustración del Alfa. “No es solo humana. Es nuestra. Hazla tuya. Protégenos a ambos.” Rhydan apretó los labios, respirando hondo. Sabía lo que Grath deseaba, lo que su Lobo esperaba, pero las consecuencias seguían pesando más que cualquier impulso. Por un momento, cerró los ojos y dejó que la sensación de poder y deseo lo recorriera, sintiendo la conexión primitiva que lo unía a Grath, a su territorio… y a la humana que caminaba sin saberlo justo debajo de ellos. —Déjala explorar —dijo finalmente, con la voz firme—. Por ahora. Pero nadie, y digo nadie, se acercará a ella sin mi autorización. Grath gruñó de nuevo, más bajo esta vez, como aceptando la orden… pero no sin dejar de manifestar su impaciencia y deseo. Rhydan abrió los ojos y volvió a mirar a Avelyn. La distancia entre ellos no era solo física; era una línea que aún no estaba listo para cruzar, pero que sabía que, tarde o temprano, ninguno de los dos podría ignorar.






