El postre

La hora de la cena se acercaba, y la Casa Grande comenzaba a llenarse de Lobos de todos los rangos. Avelyn apareció en el comedor, con pasos medidos, observando con atención el bullicio a su alrededor. Las mesas estaban llenas, y solo quedaban unos pocos lugares vacíos. Su mirada se cruzó con algunas delgadas líneas de curiosidad de otros Lobos; se notaba que su presencia allí no pasaba desapercibida.

Rhydan apareció detrás de ella casi sin sonido, como si su sombra se hubiera desplazado por el salón. Su mirada la recorrió de arriba abajo y luego se posó en el asiento a su izquierda. Un lugar que llevaba tiempo reservado, sin que nadie más se sentara allí.

“No… no puedo” —gruñó internamente Rhydan, su voz resonando con la de Grath—. “Ese es su lugar, mi Luna se sienta ahí. Hazlo ahora.”

Grath presionó con fuerza, empujando con su presencia, con ese deseo primitivo de marcar lo que ya era suyo.

Rhydan respiró hondo, resistiendo por un momento, midiendo cada movimiento, pero finalmente cedió. Guiando a Avelyn con una ligera inclinación del hombro, la hizo sentar a su izquierda. La tensión en el aire se espesó; los otros Lobos lo notaron de inmediato. Susurraron entre ellos, intercambiaron miradas, y aunque nadie habló, estaba claro lo que significaba: la humana no era solo una invitada; estaba en el lugar que solo una Luna ocuparía.

Jarek, siempre sonriente, tomó asiento a la derecha de Rhydan y comenzó con la conversación más ligera posible, intentando relajar el ambiente:

—Así que, Avelyn, ¿cómo te ha parecido la Casa Grande hasta ahora?

El Alfa escuchaba cada palabra, cada gesto, sintiendo el suave roce de la cercanía de Avelyn como un recordatorio constante de la batalla mental con su Lobo. Grath rugía bajo, insistente, exigiendo contacto, cercanía, posesión.

“Habla con ella. Deja que se acerque. Hazlo natural.”

Pero Rhydan se contenía, recordando que no podía permitirse perder la compostura. La presencia de Grath le quemaba en la mente y el pecho, pero la situación exigía control. Cada risa que Avelyn soltaba hacia Jarek, cada gesto casual, despertaba un gruñido bajo en su garganta.

“No puedo… no ahora. Pero la senté aquí. Eso ya es mío.”

Avelyn parecía tranquila, ajena a la lucha silenciosa que se libraba en la mente del Alfa. Respondía con naturalidad a Jarek, su sonrisa ligera y curiosa, y aunque sus palabras eran simples, Rhydan sentía cada sílaba como un roce eléctrico. La tensión crecía, palpable, envolviendo la mesa y dejando claro a todos que allí había algo más profundo, algo que ningún Lobo se atrevería a desafiar.

La cena comenzó, pero para Rhydan y Grath, no era comida lo que llenaba el aire; era la mezcla de deseo, posesividad y cálculo, la danza silenciosa de un Alfa y su Lobo peleando por marcar territorio y proteger a lo que ya consideraban suyo.

La cena había comenzado, y Avelyn todavía se sentía algo fuera de lugar. La mayoría de los Lobos la miraban con curiosidad, y la tensión de estar junto a Rhydan a su derecha la hacía consciente de cada movimiento que hacía. Intentaba concentrarse en la conversación ligera que Jarek mantenía frente a ella, pero la presencia de Rhydan era como un peso cálido e implacable a su lado.

Cuando tomó un sorbo de su bebida, un pequeño derrame manchó el borde de su labio. Se sonrojó discretamente, deseando no haberlo hecho frente a tantos ojos. Antes de que pudiera reaccionar, Rhydan inclinó ligeramente el rostro hacia ella y, con un gesto casi instintivo, limpió suavemente el resto de la bebida de su boca con el dorso de sus dedos.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Su corazón se aceleró, y por un instante, todo a su alrededor pareció difuminarse. La simple cercanía de él, el contacto breve pero posesivo, hizo que cada fibra de su ser vibrara de una manera que no había sentido jamás. Su respiración se volvió un poco más rápida, y sus dedos se aferraron inconscientemente a la servilleta frente a ella.

Avelyn se dio cuenta de que estaba consciente de cada detalle: el calor de su piel, la firmeza de su mano, la manera en que sus ojos oscuros la estaban evaluando, calculando. Había algo primitivo, casi animal en ese gesto, algo que despertaba en ella una mezcla de temor y fascinación.

Intentó recuperar la compostura, respirar hondo y no mostrar demasiado. Pero incluso cuando volvía a su conversación con Jarek, una parte de su mente seguía anclada en el roce de los dedos de Rhydan, en la manera silenciosa y segura con la que la había marcado como suya, aunque él no hubiera pronunciado palabra o al menos así lo sentía ella.

Todo su cuerpo parecía recordar ese contacto. Un hormigueo persistente, eléctrico y posesivo, que la hacía consciente de que, aunque todavía intentara mantenerse distante, estaba atrapada en esa tensión silenciosa con el Alfa de los Shadowfang, porque no podía negar que sentía algo por él.

El postre llegó, delicado y cuidadosamente presentado, pero Avelyn apenas pudo concentrarse en él. Sus ojos se mantuvieron en Rhydan, sentado a su lado, imponente, como si la habitación girara a su alrededor. Cada movimiento suyo parecía cargado de intención; cada mirada, cada gesto, un desafío silencioso que la mantenía alerta.

—Prueba esto —dijo él, tomando un pequeño trozo de pastel y acercándoselo—. Solo un bocado.

Avelyn lo tomó con las manos ligeramente temblorosas, consciente de lo cerca que estaba. El calor de su piel rozó apenas la suya, y un escalofrío recorrió su espalda. No había razón lógica para sentir algo así, y sin embargo, la electricidad que emanaba de él la hizo consciente de cada centímetro entre ellos.

Él inclinó la cabeza ligeramente, observándola mientras masticaba, evaluando cada reacción, cada microgesto. Avelyn sintió cómo su corazón latía con fuerza; la mezcla de miedo, curiosidad y fascinación la tenía en vilo. No entendía la intensidad de la sensación, solo sabía que quería mirar cada detalle, cada facción, cada movimiento de aquel hombre que parecía dominarlo todo.

—No quiero que te manches —susurró, apartando un mechón de cabello de su rostro con dedos que parecían medir la distancia exacta entre protección y posesión.

Ella tragó con cuidado, incapaz de dejar de sentir cómo vibraba su cuerpo ante el mínimo contacto. Cada palabra, cada roce, era como electricidad contenida, y ella se dio cuenta de que estaba fascinada sin comprender por qué. Era irracional. Una humana no debería provocar esto. Y aun así… lo hacía.

Rhydan, por su parte, estaba en guerra consigo mismo. Cada gesto que hacía, cada mínima cercanía que permitía, lo enfrentaba con algo que no podía controlar. No debía desearla; no podía permitir que la atracción se notara. Una humana como Avelyn no debía ocupar un lugar cercano, no debía activar esta posesividad ni este instinto de protector que Grath gritaba por dentro. Pero cada vez que sus ojos la recorrían, que sus manos se movían en gestos calculados, sentía que perder el control era más fácil que mantenerlo.

—Más cerca, si quieres —dijo ella, con un hilo de voz, sonriendo con una mezcla de inocencia y desafío que hizo que él tragara con fuerza.

No podía. No debía. Y aun así, acercó su mano para tocarla apenas, retirando un pequeño resto de crema de su labio con un roce mínimo, controlado. Avelyn sintió cómo su cuerpo vibraba ante ese simple acto. No era solo un gesto de cuidado; era una declaración silenciosa que su mente aún no podía descifrar.

Se miraron en silencio, cada uno conteniendo algo que no podía expresarse en palabras. El ambiente entre ellos se cargó de tensión, cada bocado compartido del postre se volvió un juego de proximidad, de pequeñas violaciones del espacio personal que eran, al mismo tiempo, un aviso de posesión y un desafío mutuo.

—¿Sabes? —murmuró él, con voz grave mientras se inclinaba ligeramente—. No todos los humanos disfrutan de esto… la intensidad, quiero decir.

Ella sintió un cosquilleo en la espalda y, por un instante, dudó si debía reír, sonrojarse o simplemente quedarse quieta. Cada palabra suya parecía tener doble filo: peligrosa y tentadora al mismo tiempo.

Mientras compartían el postre, Avelyn notaba cada detalle: el roce mínimo de sus dedos, cómo su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia ella, cómo su mirada parecía atravesarla, y algo en su presencia la tenía atrapada. Por primera vez, sintió que algo dentro de ella respondía a un llamado que no entendía, un deseo que no podía nombrar, y que la hacía sentir vulnerable y fuerte a la vez.

Rhydan, por su parte, luchaba internamente, consciente de la fragilidad de Avelyn y de lo que significaría permitir que la atracción siguiera creciendo. Cada roce, cada gesto, cada pequeña provocación contenida de Grath en su interior le recordaba que aquello era prohibido, que no debía ceder. Y sin embargo, cada segundo cerca de ella hacía que desearla fuera más difícil de ignorar.

Cuando finalmente terminaron, el silencio pesó más que cualquier palabra. La electricidad seguía ahí, en el aire, en cada centímetro que los separaba y en cada gesto que los unía sin que ninguno lo admitiera. Avelyn, confusa, fascinada, sentía algo que no podía explicar; Rhydan, luchando con su propia naturaleza, sabía que estaba atrapado en algo que nunca debería haber comenzado.

Pero ambos sabían, sin necesidad de palabras, que ese momento no sería olvidado. Que algo se había encendido entre ellos, intenso, prohibido y poderoso, algo que ambos tendrían que aprender a controlar… o no.

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