Fuego en el bosque

El café quedó atrás, pero la sensación de su presencia seguía clavada en mi pecho. Avelyn Kaine. Humana. Frágil. Vulnerable. Cada movimiento suyo despertaba algo primitivo dentro de mí, algo que Grath, mi otra mitad, reconocía antes que yo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Grath se tensó bajo mi piel, lobo completo y feroz. Sus sentidos captaban cada sombra, cada sonido. Detectaba la curiosidad y las miradas sobre Avelyn, evaluando la debilidad que ella representaba. La frustración ardía: humanos débiles… y aun así, la deseaba cerca.

—¿Qué pasó allí dentro? —pregunté a Jarek mientras salíamos del café, mis pasos firmes resonando sobre el empedrado húmedo.

—Nada grave, solo tu… “encanto natural” —dijo Jarek, con esa sonrisa fácil que siempre me irrita—. Solo me aseguré de que salieras a tiempo.

Gruñí suavemente, y Grath rugió en mi mente, mostrando su desaprobación por la indiferencia del Beta. La tensión no era solo deseo; era posesión. Y el Lobo dentro de mí estaba alerta, sintiendo que cualquier cosa que amenazara a Avelyn merecía un ataque inmediato.

—Tenemos movimiento en la frontera oeste —informó Jarek, serio esta vez—. No es nada grande, pero los Ironclaw están husmeando.

El aire olía a tierra húmeda y madera recién cortada, pero no calmaba la presión en mis músculos ni el fuego que ardía en mi pecho. La frontera oeste estaba activa; Ironclaw no esperaba y siempre buscaba provocar, medir mis límites.

Grath gruñó, ansioso. Cada sombra, cada rama parecía esconder un enemigo. La adrenalina mezclaba el deseo por la humana con la necesidad de demostrar que Shadowfang no se doblaría ante nadie.

—Vamos —gruñí, la voz baja y firme—. No los dejaré probar un centímetro de nuestro territorio.

Grath ya corría en mi mente, afilando sentidos y músculos, pero retenido por mi control humano. No podía permitir que nadie, ni siquiera yo, perdiera la compostura delante de Avelyn… aunque parte de mí quisiera arrastrarla a mi lado, marcarla, mostrarle que era mía.

—Prepárate, Jarek —dije finalmente, dejando que la voz del Lobo se filtrara entre mis palabras—. Quieren jugar… y yo juego para ganar.

Grath rugió de aprobación. La frontera esperaba, la sangre caliente del desafío llamaba. Y la humana… la humana estaría observando, inconsciente del fuego que despertaba en mí.

Salimos del pueblo en una de las camionetas con el crujido de las ruedas sobre piedras húmedas y el olor del bosque en las narices. La frontera oeste no era un punto: era una cinta larga de madera y sombra, kilómetros de arboleda que había que recorrer como si se palpase una herida. Tomaba tiempo. Tomamos ese tiempo.

Cuando llegamos deje que Jarek marcara el paso con facilidad; su risa contenida intentaba romper algo de mi tensión, pero no funcionaba. Grath apretaba los dientes bajo mi piel, olfateando cada matiz del aire como si fuera un mapa. Huele a ellos, dijo el Lobo en silencio. Huele a sospecha.

—¿Te sigue doliendo que ese humano te mire? —preguntó Jarek, medio en broma, medio serio, sin quitarme los ojos de encima.

—No es por miradas —gruñé—. Es por intención. Quieren medirnos. Probar. La humana no es importante ahora.

Ella, Avelyn, no lo sabía. La imaginé volviendo a la cabaña, la mochila ligera en un costado, la prótesis al detenerse en el sol. Verla me dejó un filo dentro, una necesidad de cercanía y una rabia por su fragilidad. Grath pestañeó en mi mente: No se la toca. No a la mía.

La línea hasta la frontera nos llevó por senderos que conocía desde niño; señalamos puntos, revisamos marcas en árboles, hablamos con los encargados de cada puesto. Cada Lobo que nos paraba tenía la mirada tensa; todos habían sentido la presencia extraña esa mañana. Los informes eran fragmentos: huellas dobles, campamentos desmontados, voces que se apagaban al oír pasos.

Nos cruzamos con Tarin en patrulla, joven y nervioso; su relato fue rápido, lleno de palabras cortadas.

—Vimos movimientos cerca del viejo claro —dijo Tarin—. Dos sombras entre los pinos, dejaron restos de fuego falso y siguieron. No se acercaron demasiado… se retiraron cuando nos vieron.

Grath gruñó, una respuesta corta, llena de desprecio. Cobardes que intentan asustar a los débiles, pensó el Lobo. No tendrán el valor de enfrentarnos de frente.

Seguimos, marcando el perímetro a la manera antigua: olfatear el viento, vigilar las ramas rotas, preguntar a quien pasaba. Kael nos habló de huellas de herraduras y botas extrañas, nada propio de Shadowfang. Las miradas que intercambiamos con Jarek eran rápidas, sin palabras. Cada detalle cuadraba: Ironclaw merodeando; pruebas sutiles de provocación.

Mientras cruzábamos un tramo de helechos, Jarek se detuvo en seco y señaló con la barbilla.

—Allí —murmuró—. Humo, a la distancia. No es nuestra gente.

Lo sentí antes de verlo: un hilo de olor que no encajaba con la calma del bosque. Humo agrio, madera quemándose. Grath se tensó hasta el último músculo. Fuego, susurró. Tocaron lo cercano.

Nos transformamos y aceleramos. El tramo final hasta la parcela de cabañas fue una carrera medida, cada uno en su postura de batalla. En el borde del claro, la vista se abrió: una de las cabañas más cercanas a la línea tenía humo que ya se tragaba parte del cielo, pequeñas llamas lamían el techo. Hombres de la Manada intentaban frenar el avance con cubos y mantas, otros gritaban órdenes.

La sangre en mi garganta se seca un instante. Ver a Avelyn allí, de lejos, con la mochila, la cara marcada por hollín —esa imagen me clavó los colmillos en la memoria—. No era accidente; la intención olía a provocación. Y la elección de objetivo —la cabaña de la humana más nueva en territorio— era un golpe bajo deliberado.

Jarek me miró, serio. —Alguien la vio salir del café —dijo—. Ella fue a su cabaña. No llegó nadie a tiempo.

Grath rugió, una respuesta que no era solo furia sino posesión. Si tocan a la mía, pagarán. Pero la cabeza de Rhydan sabía de diplomacia, de miradas de otros Alfas que buscarían la excusa para pintarnos de débiles. Debía ser calculado: fuerza, sí, pero también pruebas.

—Córreles la voz —ordené—. Aseguren perímetros, lleven agua, y que dos hombres busquen rastros hacia el oeste. Nadie salga en estampida. Y si alguien pregunta… que parezca un accidente hasta que sepamos.

Jarek asintió y se fundió entre los suyos. Yo me planté en el claro, la brisa me traía el calor de las llamas y el recuerdo de su respiración, y la única certeza que me cruzó fue dura y clara: la protegería. Y Grath, más simple y directo, quería una cosa más: marcar la ofensa donde doliera.

Mientras los hombres trabajaban, yo miré hacia la línea —hacia donde Ironclaw había estado—, sintiendo la presencia de mi Lobo como una promesa con dientes. La respuesta no sería inmediata, pero sería contundente. Primero: sacar a Avelyn de la exposición. Segundo: reunir pruebas. Tercero: hacer que la Manada entienda que tocar lo nuestro tiene consecuencias.

Y así, con el humo como estandarte, la noche se acercó y nosotros nos preparamos para decidir cómo convertir el miedo en fuerza.

El humo aún picaba en la garganta cuando me acerqué a Avelyn. Sus ojos se movían rápido, evaluando cada chispa que se escapaba de la cabaña. Su mochila colgaba del hombro y el cabello estaba algo despeinado, pero se mantenía erguida, enfrentando la escena con la valentía de quien no piensa retroceder.

—Intenté… llegar a la cabaña —dijo, su voz firme a pesar del caos—. Quise… pero el fuego se extendió demasiado rápido.

Grath gruñó bajo mi piel, como aprobando. Ella se mueve con cuidado, pero no retrocede, susurró el Lobo. No es débil. Es… interesante.

La observé con detenimiento. Cada movimiento, cada gesto. La forma en que mantenía la compostura pese al miedo. Mis ojos recorrieron la prótesis apenas visible bajo el pantalón, la manera en que su cuerpo se adaptaba al desequilibrio que muchos considerarían un punto débil. No parecía necesitar ayuda, pero sabía que podía proporcionársela.

—Vamos a salvar lo que podamos de tus pertenencias —dijo Jarek, intentando romper la tensión y sonriendo un poco—. Pero no pierdas tiempo mirando atrás.

La miré, y mis palabras se quedaron atrapadas. La casa, las cosas… nada importaba más que ella en ese momento.

—Llévatela a la Casa Grande —ordené finalmente, con voz firme, controlada, dejando que la autoridad calara en cada uno de mis hombres.

Jarek asintió y, con cuidado, ayudó a Avelyn a caminar hacia una de las camionetas de la Manada, manteniéndola entre él y yo mientras avanzábamos. Mi mirada la seguía constantemente, como si pudiera atravesar su piel y leer cada músculo, cada latido, cada posible dolor. No se lastima. No puede lastimarse.

Grath emitió un suave gruñido, un recordatorio de que esta humana no era cualquier humana, y que su seguridad no era negociable. Mía, pensó el Lobo con una posesividad primitiva que me recorrió hasta los huesos.

Avelyn no dijo nada más, pero su paso seguro, aunque tenso, hablaba por ella. Sus ojos seguían cada chispa que se elevaba, cada sombra que el fuego dibujaba sobre el bosque. Admiración mezclada con cuidado. Curiosidad mezclada con instinto de supervivencia.

Una vez arriba avanzamos hacia la Casa Grande con rapidez, dejando atrás el humo, pero no el peligro. Ni la sensación de que, aunque aún no lo supiera, su lugar estaba más cerca de mí que cualquier otra cosa en el mundo.

El camino hacia la Casa Grande estaba silencioso, salvo por el crujir de la tierra y el ocasional aullido lejano. Avelyn estaba sentada junto a Jarek, mirando por la ventana en todo momento, respiración controlada, sin mostrar miedo. La tranquilidad en su porte nos mantenía alerta; cualquier otra habría estado temblando, murmurando, pidiendo ayuda. Pero no ella. Grath gruñó bajo mi piel, recordándome: intentaron tocar lo que nos pertenece.

Mi mandíbula se tensó. Nadie toca lo mío sin pagar, pensó el Lobo, y un escalofrío recorrió mi columna.

Llegamos a la Casa Grande. La mansión se alzaba entre árboles antiguos, sólida y silenciosa. Conocía cada piedra, cada pasillo, cada rincón de este lugar, así que no necesitaba admirarla; el mundo exterior podía esperar.

—Dale un cuarto en el piso privado —ordené, sin mirar a nadie.

Jarek ladeó la cabeza, claramente sospechando.

—¿Privado? —preguntó, con esa chispa de duda en la mirada—. ¿Quieres decir…?

—Sí —interrumpí con firmeza, cruzando los brazos—. Hazlo. Ahora.

Grath gruñó, un recordatorio interno de que la decisión no era negociable. Ella estará donde yo la vea, donde pueda protegerla.

Jarek suspiró, pero asintió, girándose hacia los pasillos para cumplir la orden. Entonces, lo llamé.

—Ve a buscar una Hechicera—dije, el tono neutro pero cargado de autoridad—. Que prepare un sello de protección adicional.

El Beta me miró, entre intrigado y resignado, y comenzó a alejarse.

Avelyn permanecía callada, observando cada movimiento, cada gesto, absorbiendo el aire pesado de la Casa Grande. Su presencia, tranquila pero firme, parecía desafiar cualquier peligro, y eso solo avivaba la necesidad de protegerla, de asegurarse de que ningún daño llegara a ella mientras estuviera bajo mi techo.

Grath se removió dentro de mí, ronroneando bajo la piel, la tensión y la posesividad mezclándose con deseo y cuidado. Mía. Protegida. Siempre.

Y mientras las sombras del día se alargaban sobre la mansión, supe que ninguna cabaña incendiada, ninguna frontera atacada, cambiaría lo que ya sentía: nadie más tendría derecho sobre ella.

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