El viento levantaba las olas, que rompían una y otra vez sobre la arena fina.
Observé cómo aquella figura alta se adentraba en el mar. A contraluz, el joven tenía una silueta esbelta. Las olas le cubrieron los tobillos y empaparon los bajos de su pantalón. Se inclinó y empezó a buscar con cuidado entre el agua agitada.
Poco después volvió a erguirse. Cuando llegó hasta mí, abrió la mano.
—Aquí está, aunque parece que se dañó un poco.
Lo tomé y, antes de poder verle bien el rostro, le di las grac