—¡Suficiente! —Domingo Moretti estampó la taza de café sobre la mesa—. No quiero oír el nombre de esa hija malagradecida en el desayuno.
—¡Domingo, por favor, tiene que oírme! —Antonio casi lloraba—. La señorita Alessia no responde. Creo que ella está…
—¿Está qué? —por fin alzó la vista Marco, la impaciencia cincelada en el rostro—. ¿Comportándose?
Carina fingió preocupación. —Papá, tal vez deberíamos ir a ver a mi hermana. ¿Y si realmente no se siente bien…?
—¡Ella está fingiendo! —Marco se