Al regresar a su mansión, el pánico devoraba a Eric, aunque se cuidaba mucho de no dejarlo traslucir.
«Alexandro no debe sospechar de mí». La idea daba vueltas en su mente una y otra vez. Si el Don llegaba a percibir que Eric sabía más de lo que aparentaba, todo lo que le había tomado años construir se vendría abajo antes de empezar. Necesitaba parecer un hombre desesperado por ayudar, no alguien que ocultaba algo tras una fachada serena.
Convocó a sus guardaespaldas de inmediato, con voz firme