La mañana siguiente comenzó con un caos.
No del tipo ruidoso.
Del tipo de caos controlado y de alto riesgo que parecía acompañar a los Hawks a todas partes.
A las ocho y media, el estadio ya vibraba con la energía del día de la partida.
Los encargados de equipamiento llevaban baúles negros con el logo del equipo por el muelle de carga. Los preparadores físicos entraban y salían del pasillo con botiquines y bolsas para la ropa. Los jugadores se movían con sudaderas y gorras, tazas de café en man