A la mañana siguiente, no podía quitarme de encima la sensación de que me observaban.
Empezó en el momento en que salí de casa.
Un sedán negro estaba parado al otro lado de la calle, con los cristales tintados demasiado oscuros para ver a través de él. Podría haber pertenecido a cualquiera: un vecino, un repartidor, un conductor de transporte compartido esperando en la dirección equivocada; pero la inquietud me acompañó de todos modos.
Cuando llegué al estadio, esa sensación se había intensific