No se lo conté a nadie.
Ni siquiera a mí misma, al menos no en voz alta.
Porque decirlo lo haría real.
Y si era real, entonces sería una imprudencia.
Justo lo que había prometido no hacer.
Pero aun así respondí el mensaje.
Estaba en mi habitación, la luz del atardecer extendiéndose por el suelo, con el teléfono pesado en la mano.
Miré fijamente el último mensaje.
El reloj avanzaba.
Apreté la mandíbula.
Harper: ¿Dónde?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Como si hubieran estado esperando.
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