El entrenador Hayes no dijo ni una palabra al llegar.
No le hacía falta.
Su presencia lo decía todo.
El pasillo se hizo más pequeño al instante, como si las paredes se hubieran hundido para dejar espacio a su silencio.
Graham Pierce ya se había ido.
Pero su ausencia no alivió la situación.
Al contrario, la empeoró.
Porque ahora no quedaba nada que distrajera de lo que había dejado atrás.
La mirada del entrenador se apartó de mí.
A Liam.
Y luego volvió a mí.
Lenta.
Medida.
Peligrosa como solo un