La primera señal de que algo andaba mal no fue una llamada.
Fue el silencio.
Un silencio antinatural que se extendió por el estadio como un suspiro contenido que nadie quería soltar.
Cuando llegué esa mañana, la gente ya hablaba menos de lo habitual.
No era la concentración normal previa al entrenamiento.
Había algo más tenso.
Mas cauteloso.
Como si todos hubieran acordado, sin decir palabra, que hoy había que tratar el asunto con delicadeza.
Eso nunca era buena señal en un lugar como este.
May