GEORGE
Elena se quedó estática contra la barra de la cocina, apretando el segundo maletín contra su pecho como si pudiera protegerla del veneno que le estaba escupiendo de frente. Sus ojos saltaban de mis manos al maletín que descansaba sobre la mesa del comedor, sopesando la gravedad de mis amenazas cotidianas contra la miseria de su escondite en las afueras. El pánico de terminar en una celda por andar jugando con las muestras médicas le terminó de romper el orgullo.
—Está bien, señor George.