AMELIA
Lucas Knox se desboca con un desprecio salvaje que desangra el ambiente de la oficina. Sus ojos rojos, fijos en mi mejilla golpeada, no muestran ni un solo rastro de arrepentimiento o de piedad paternal. Da un paso al frente, azotando el puño contra el escritorio, dejando salir todo el veneno que ha guardado durante catorce años en contra mía.
—¡No tengo por qué creer en una ramera mentirosa que solo busca destruir mi estatus! —me rugió mi padre, con la saliva escapándosele entre los die