AMELIA
El techo blanco del pasillo pasaba como un borrón frente a mis ojos mientras las ruedas de la camilla rechinaban a toda velocidad hacia las puertas dobles. Las contracciones me doblaban el cuerpo y sentía una punzada espantosa en el vientre que me quitaba el aire. Tenía las manos heladas y el miedo me apretaba la garganta de una forma horrible, impidiéndome tragar saliva. En cuanto entramos al quirófano de emergencia, el aroma a desinfectante y el destello parpadeante de las lámparas me