Cuando Linda notó que Faye venía detrás con su maleta, se tragó las palabras que estaba a punto de decir y guardó silencio.
En la entrada se encontraba una joven, vestida con impecable elegancia, la postura recta y serena. Linda la reconoció de inmediato: era la misma mujer que aquel día había llevado ropa y un teléfono al hotel.
—Milan —dijo Sebastian, reduciendo el paso—. ¿Dónde está mi madre?
—Está descansando en su habitación —respondió Milan, con voz calmada y profesional—. El profesor Montoya está con ella.
—Bien.
Sebastian apretó con más fuerza la mano de Linda y se dirigió directamente hacia el ala este.
Milan y Faye intercambiaron una breve mirada. La sorpresa brilló en sus ojos al reparar en Linda, pero ninguna se atrevió a decir una palabra. Alrededor de Sebastian, la curiosidad era peligrosa… y el chisme, imperdonable.
En ese momento, un hombre con bata blanca salió de la habitación.
Sebastian se acercó de inmediato.
—Profesor Montoya. ¿Cómo está mi madre?
—Ha vuelto, seño