Mundo ficciónIniciar sesiónMatrimonio por conveniencia, ¿trato?
Tristán
Me parece estar escuchando una broma. De verdad no puedo creer que ella esté pasando por la misma situación que me hizo huir de casa, aunque puede ser una trampa. Mi padre está por agotar todas sus artimañas para convencerme, no, obligarme a asumir una responsabilidad que no deseo. Estoy convencido de que sabe dónde encontrarme, lo que no sé es porque no se ha acercado aun conociendo su situación.
—Perdón, creo que te aburrí con mi historia. —Salgo de mis pensamientos cuando la veo ponerse de pie.
—No, para nada. Discúlpame tú a mí, me distraje con lo que dijiste, que te están obligando a casarte. —Suelto su brazo al darme cuenta de que es inapropiado—. Perdón, no lo tomes a mal. —Alzo ambas manos en señal de que soy inofensivo.
—No tienes que mentir, sé bien cómo se oye lo que te acabo de contar. —Se muerde el labio inferior al tiempo que agacha la mirada—. Es una estupidez y quizás te resulten las quejas de una niña malcriada, pero es la realidad. Mi realidad y la detesto. —Suspira y la entiendo muy bien, mi padre no solo quería que me convirtiera en rey, sino que me casara con una mujer que jamás en mi vida había visto y que luego de conocerla, solo me bastó con charlar un par de segundos con ella para darme cuenta de que no tenía cerebro y que jamás en la vida lo tendría.
—Podría decir que estoy pasando por algo parecido y creo que si tú aceptas, podemos quitarnos de encima a nuestros padres. —Me mira interrogativa y por primera vez me fijo en el color de sus ojos, son verdes, como el nácar—. Podemos ser un par de rebeldes y hacer lo que se nos dé la gana al tiempo que satisfacemos los deseos de nuestros progenitores a nuestro antojo o al menos le damos en la madre a sus planes —explico y le hago una señal al empleado para que nos sirva más tequila.
—Creo que no te estoy entendiendo —confiesa y se toma la bebida de un solo trago.
Se le forma una uve en el centro de la frente cuando cierra los ojos con demasiada fuerza.
—Te lo diré de otra forma, un poco más clara. —Asiente y me observa expectante—. Casémonos. —Su rostro queda sin ningún tipo de expresión, es como si al procesar la palabra: Casémonos, todo su cerebro se hubiese reiniciado, dejando solo un cascarón vacío por algunos segundos.
Del estupor pasa a la risa, pero no una risa delicada, sino una dramática e histérica que llama la atención de varias personas. Se tuerce en un ataque histérico y exagerado de risa, se sujeta el estómago como si le doliera y golpea con la palma de la mano la barra un par de veces.
—¡Dame una cerveza, por favor! —le pide al chico—, tienes un muy absurdo sentido del humor —dice en mi dirección y se empina la botella hasta dejarla a la mitad—. Bien dicen que cada día sale un loco a la calle. —Bebe otro trago.
Adopto una actitud un poco más seria a la vez que aparto la botella de su mano para que me preste atención de verdad.
—No es un chiste. —Contiene la risa en los labios—. Hace unos cinco años me fui de casa porque mi padre estaba empecinado en que yo debía hacerme cargo de todo por ser el primogénito, pero al aceptar también estaba obligado a casarme con una mujer que aún espera por mí para la ceremonia. ¡Maldición, ni siquiera soporto verla en persona! ¿Cómo demonios voy a unir mi vida a la de alguien que me parece desabrida y completamente superficial? —Abre la boca formando una hermosa O—. ¿Entiendes a lo que me refiero? Hui de casa para librarme del matrimonio y de las responsabilidades, pero mi padre siempre me encuentra y ya estoy harto de correr. Es la solución perfecta, nos casamos nos los quitamos de encima y de cierto modo mantenemos nuestra libertad intacta. —Asiente lentamente, pero ahora me mira como si estuviese loco.
—O sea, ¿tu solución es librarme de un matrimonio obligado llevando a cabo un matrimonio por contrato? —Asiento—. ¿Qué demonios fue lo que te fumaste? —De nuevo las personas se giran a vernos—. Cambia de proveedor o regresa al manicomio del que te escapaste, amigo —agrega y se toma el tequila que le pone el empleado en la mano.
—No tengo ese tipo de problemas —mascullo entre dientes. Me tomo el tequila que lleva rato esperando por mi atención—. Solo vi una solución para ambos en la renuencia que compartimos por el matrimonio. Pero de acuerdo, olvídalo, jamás debí haberle propuesto un trato así a una desconocida. —Me pongo de pie y saco un fajo de billetes que dejo en la barra para pagar la cuenta de ella y la mía—. Un placer. —Paso a su lado para salir del bar, mientras me reprocho mentalmente por haber sido tan idiota.
¿Cómo se me ocurre pensar en un plan tan absurdo? Además, no estoy seguro de que casarme con una desconocida en vez de hacerlo con la duquesa que espera ansiosa por mí, sea la solución a todos mis problemas.
Necesito encontrar una y muy rápido, por mucho que odie la idea de casarme y asumir el reinado, el pensar que mi padre está en su lecho de muerte y solo tiene un deseo hace que mis barreras se desestabilicen más de lo que puedo admitir.
—¡Espera! —Me detengo y giro sobre mis talones, sintiendo el frío de la ciudad sobre la piel de mi cara.
Resoplo al verla venir tras de mí.
—Ya me disculpé —le recuerdo con las manos metidas dentro de los bolsillos de la chaqueta.
—No es eso. —Jadea y se abraza a sí misma—. No sé lo que hago, quizás es el tequila hablando por mí, pero necesito que me expliques más sobre nuestro supuesto matrimonio y las condiciones que habrá entre los dos. —No puedo evitar sonreír.
—Vayamos a un lugar más tranquilo donde podamos hablar. Conozco un café aquí cerca. —Asiente y camina para acercarse a mí.
Avanzamos en silencio, siendo conscientes de la presencia del otro. El aroma de su perfume es dulce y floral, la verdad es una mujer bastante atractiva pese a su estilo un tanto masculino. El verde de sus ojos es casi como si la luz del sol apenas rozase con uno de sus rayos una esmeralda. Es obvio que no es una mujer de pocos recursos de que sus padres arreglaron un matrimonio para ella; no obstante, necesita una mínima inversión para poder verse como toda una princesa.
Una falsa princesa.
—Es aquí. —Abro la puerta para ella.
—Es extraño encontrar un café abierto a esta hora —comenta.
Entramos y buscamos una mesa, pido un té y ella un café cargado. Esperamos a que nos traigan el servicio para poder conversar a gusto sin interrupciones.
—Sí, lo es, pero lo extraordinario y maravilloso también suele ser extraño. —Toma una bocanada de aire por la boca lo que me hace dudar en mi interpretación de su reacción.
—Bien, necesito que me hables sobre tu propuesta —dice varios segundos después en el que el silencio nos rodea cómodamente. Sostiene la taza humeante entre sus manos cerca de su boca a la vez que sopla repetidas veces para disipar el calor.
—¿Por qué cambiaste de opinión? —cuestiono antes de continuar.
—Cuando saliste del bar, me quedé pensando y, aunque lo analicé muy poco, no me pareció tan descabellada tu idea después de otro tequila, pero necesito saber más y dejar en claro mis condiciones. —Ella me recuerda a Caitlin, si no fuese por su cabello dorado, diría que es ella, reencarnada.
—Entiendo. —Me inclino sobre la mesa, apoyando los codos sobre la superficie de la misma—. Ya te dije todo, tú y yo nos casamos, les avisamos a nuestros padres y listo, sin embargo, mantendremos en secreto un acuerdo en el que contemplaremos las condiciones que cada uno crea conveniente —establezco con claridad.
—¿Cuáles serían tus condiciones? —inquiere con real curiosidad.
—Solo tengo tres. —Alzo la mano derecha en puño y levanto un dedo—. Primero, luego de la muerte de mi padre, debes permanecer un año como mi esposa, está en su lecho de muerte, así que no pasarás años atada a mí. Segundo: ni sexo ni amor entre los dos, pero tendrás que aparentar que eres una mujer amada y feliz, al menos delante de mi familia y tercero; tienes completamente prohibido ver a otros hombres en un plano romántico, mientras dure nuestro matrimonio. Si cumples con esas tres condiciones, al divorciarnos recibirás una cuantiosa bonificación económica y no volverás a saber de mí. —Toma una respiración profunda y hace rodar la taza entre sus manos.
Sus pupilas se dilatan intensificando el color de las gemas que adornan su rostro. Se muerde el labio inferior hasta dejar marcado los dientes en él. Es interesante apreciar el modo en el que analiza mis palabras.
—Bien, estoy de acuerdo, pero me gustaría agregar que no compartiremos habitación a menos que sea estrictamente necesario y si lo hacemos solo uno dormirá en la cama y el otro en el piso o en algún sofá. —Asiento—. Tampoco quiero tu dinero, solo no interfieras en mi carrera o en mi trabajo y, por último, así como me exiges fidelidad durante este contrato, yo te exijo lo mismo, no puedes ver o andar con otras mujeres hasta después del divorcio. —Sonrío a sabiendas de que no me interesan las mujeres, la única que conseguía remover mi mundo con una mirada me fue arrebata y no pude hacer nada para evitarlo.
—Es un trato. —Le extiendo la mano y ella la estrecha.
Quedamos en vernos al día siguiente a las diez de la mañana para la firma del contrato en el que nos comprometemos a cumplir con las condiciones impuestas y el acta de matrimonio para oficializar nuestra unión en un matrimonio exprés.







