Mundo ficciónIniciar sesión¿Te ríes de mí o conmigo?
Natalia
Aspiro profundo al detenerme frente a la oficina del registro civil. No estoy muy segura de lo que estoy haciendo, no sé si deba continuar con este plan que, aunque descabellado, es mi declaración de libertad. Supongo que seré la última de los hijos de la familia Jiménez en traer deshonra a la vida de mis padres. Pero es mejor esto a tener que complacerle los caprichos a mi madre, al casarme con… ¡mierda, no sé su nombre!, el ultimo sujeto con el que me concertó una cita, fue el más idiota de todos, me sugirió que nos fuéramos a un hotel luego del postre para comprobar si realmente éramos tan compatibles como él mismo presentía.
—Buenos días, futura esposa. —La carpeta con mis documentos se me escapa de las manos y cae al piso cuando mi futuro esposo se detiene detrás de mí y me susurra al oído haciendo que me estremezca de pies a cabeza.
Me duele el pecho por lo rápido que me late el corazón.
—Lo siento, no quería asustarte —dice al tiempo que se apresura a recoger la carpeta y un par de documentos que se salieron de la misma—. ¿Natalia Jiménez? —Entrecierra los ojos al leer mi nombre en el acta de nacimiento.
—Hace un momento me di cuenta de que ninguno de los dos dijo su nombre anoche —señalo y tomo la carpeta y el acta de sus manos para organizarlo de nuevo.
—¿Eres…
—Sí, soy la menor de los hijos de Gustavo Jiménez. —Corto sus palabras con fastidio.
Ser la hija de un hombre rico siempre ha sido un problema. Cuando no consiguen reconocerme físicamente, solo basta con que abra la boca y diga mi nombre. Juro que muchas veces he mentido sobre mi identidad para evitar que las personas me observen como si fuese un unicornio.
—Un placer, soy Tristán O'Farrell. —Creo haber escuchado su apellido antes, pero no estoy muy segura. La verdad, ignoro todo lo que tenga que ver con la tan apreciada alta sociedad.
—Lo siento, pero no me suena tu apellido de ninguna parte, pero no me juzgues. No suelo involucrarme con eventos sociales ni nada de esas cosas. —Abrazo contra mi pecho la carpeta y retrocedo un par de pasos.
Sonríe divertido al tiempo que niega con la cabeza.
—No te preocupes, es lógico que no hayas oído el apellido de mi familia. Provengo de Irlanda —explica, sin embargo, su acento es perfecto.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —inquiero curiosa.
—Porque no tengo nada que esconderle a mi socia. Nos necesitamos en esto y lo mejor es mantener una línea de confianza y sinceridad transparente —señala y no puedo negar que tiene razón.
Casarnos sin la interferencia de nuestras familias, nos hace dueños de la situación y lo mejor es ser francos entre nosotros.
—De acuerdo, pero te advierto que si algo no me gusta, esto se termina con o sin tu aprobación. —Asiente.
—Bien, le pedí a un amigo que es abogado que redactara el contrato prematrimonial; tenemos que pasar a verlo antes de ir a la oficina del juez —anuncia y me señala con la mano el camino a seguir.
Mis dudas son aún más grandes, no quiero tener que salir de Estados Unidos para conocer a su familia. ¿Será suficiente con una videollamada? ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Maldición odio cuando mi cerebro crea tantas preguntas? Creo que debí haber conocido al nuevo candidato de mi madre, después de todo, cenar con ese tipo no significa que este obliga a aceptar una boda.
Casarme es solo mi decisión.
Después de todo, soy mayor de edad y no pueden obligarme a nada, pero Tristán tiene razón. Sacarme de encima a mi madre y tener el poder de controlar la situación por completo es lo mejor. Además, ya le di mi palabra, lo hice venir y, según lo veo, una vez nos divorciemos, dudo que mi madre de nuevo insista con el tema.
¡Al diablo con todo, es mi primer acto de rebeldía total!
Llegamos con el abogado, quien nos lee el acuerdo. Están todas las condiciones establecidas por ambos, además de la indemnización que recibiré una vez se termine el contrato, es mucho dinero. No lo necesito. El abogado también habla sobre unos títulos y propiedades, no comprendo a lo que se refiere, pero supongo que se trata de la separación de bienes.
No tengo nada que separar, solo mi cámara.
La verdad es que me siento nerviosa por lo que estoy haciendo y al mismo tiempo muero de ganas de ver la cara de mi madre cuando le diga que soy una mujer felizmente casada. A cada segundo que pasa, me convenzo de que ninguna de las razones que me he dado para continuar con esta locura es la correcta. Siempre he querido ser valiente como mis hermanos, ir en contra de la voluntad de mis padres y no solo conformarme con sus concesiones.
Y esto es, en verdad, mi primer gran acto de valentía.
—Si están de acuerdo, pueden firmar y dejar sus huellas justo aquí. —Estampo mi firma donde me indica el abogado y Tristán deja la suya al lado de la mía—. Solo resta que pasen a la oficina del juez para firmar su acta de matrimonio. —Estrechamos la mano que nos ofrece y agradecemos antes de salir de su oficina e ir a la del juez y esperar nuestro turno.
Media hora después contemplo en mis manos la copia del acta que nos declara marido y mujer. Mi respiración es pesada, no sé cómo sentirme. Es obvio que entre Tristán y yo no existe ningún tipo de vínculo emocional o sentimental, tampoco hay esa atracción física o ese magnetismo que sirve como detonante en una relación lujuriosa. Entre los dos solo destaca el deseo de ir en contra de lo que nuestras familias quieren.
—Bien, supongo que debemos vivir juntos para que nadie se dé cuenta de la verdad —alego y trago saliva al contemplar la idea de vivir bajo el mismo techo.
O sea, no me siento atraída hacia él; sin embargo, es innegable que Tristán es un hombre muy atractivo. Posee una mirada misteriosa, como la de los jeques árabes, y su sonrisa es perfecta. Claro que con el cuerpo que tiene cualquier mujer babearía horas enteras por él.
¿Yo estoy babeando por él?
No, para nada. ¿Entonces por qué justo ahora me lo estoy comiendo con la vista?
Es atractivo, es solo eso, es difícil no darse cuenta. Bueno, yo no lo hice sino hasta ahora. Siento la cara arder cuando me doy cuenta de que me mira fijamente.
—Sí, el problema sería decidir en dónde vivir, ¿en tu casa, con tus padres o en la mía solo los dos? —observa, pero ninguna de esas dos opciones me atrae.
Es mejor mantenerlo en mi territorio, pero lejos de mis padres.
—Vivo sola, hace mucho que tengo un pequeño departamento con dos habitaciones. —Sonríe de oreja a oreja.
—Entonces ya tenemos casa, envíame la dirección y me mudaré esta misma tarde. —Maldición, su sonrisa es exquisita.
—De acuerdo, te esperaré para cenar juntos, esposo. —Me toma de la mano y se la lleva a los labios.
—Seré puntual, esposa mía. —Me acabo de dar cuenta de que esto no será tan sencillo.
Natalia, tú puedes, solo debes mantenerte enfocada en el objetivo de este matrimonio: conseguir que tu madre deje de fastidiarte. Además como ya tu misma te dijiste, no sientes nada por él ni el por ti, y la atracción es nula a pesar de que eso no te prohíbe mirar la mercancía.
—De acuerdo, ahora debo ir a trabajar —informo antes de despedirme e ir por mi camino.







