Capitulo Cuatro

El amor no tiene edad… lo dudo.

Natalia

Decido ir a casa de mis padres a darles la noticia luego del trabajo, el trayecto es corto, por lo que no tardo mucho tiempo en llegar. De pie frente a la puerta de entrada, respiro hondo para llenarme de valor y paciencia, no es fácil para mí enfrentarme a mis padres, sobre todo a mi mamá por su carácter controlador.

Abro la puerta y entro en silencio para primero ir a la cocina por un vaso con agua. Tengo que calmar mis nervios antes de ver a mi mamá, estoy segura de que pondrá el grito en el cielo y el mundo entero sabrá en menos de un minuto que he cometido la locura de casarme sin la aprobación de mis padres, o lo que es peor, sin todo el espectáculo que seguramente ella organizaría para sí misma.

—Buenas tardes, señorita. —Me estremezco y por poco me tiro el agua encima cuando Elena aparece repentinamente y me habla por detrás.

—Hola, Elena —saludo llevándome una mano al pecho.

—Perdón, no la quise asustar —susurra acercándose a mí.

Niego con la cabeza y le sonrío para tranquilizarla. Si me pegó un susto tremendo, pero no es por ella que todos mis sentidos están en alerta.

—Estoy bien, ¿sabes en donde está mi mamá?

—La señora subió a su habitación hace un momento, dijo que quería descansar un poco antes de la cena. —Es probable que este de buen humor, de lo contrario estaría rondando por aquí.

—Puedes decirle que la espero en el salón, por favor. —Asiente y luego de asegurarse de que estoy bien se retira.

Tomo el vaso de la encimera y bebo el resto del contenido sin respirar, para luego prácticamente correr al salón. Los grandes ventanales de piso a techo dejan entrar mucha luz natural a pesar de que a esta hora el sol lanza sus últimos rayos coloreando el horizonte de naranja. También permiten una vista impresionante del perfecto jardín de mi madre, en donde las luces artificiales se empiezan a encender por sí solas. Concentro mi atención en el paisaje sintiendo como los latidos frenéticos de mi corazón adoptan un ritmo más controlado.

No debería de estar tan asustada, es mi vida y se supone que solo yo puedo decidir qué hacer con ella, pero con mis padres queriendo organizar mi vida a su antojo a pesar de que soy un adulto funcional, cualquier decisión que tomo por lo general debe contar con su aprobación.

Espero que Tristán tenga razón y esto funcione. El repiquetear de los tacones en el piso de mármol, me trae de vuelta a la casa de mis padres, sus pasos apresurados son el preámbulo de la urgencia que tiene en decirme algo que para ella es importante. Cuando aparece en mi campo visual su rostro se ilumina como si hubiera visto la octava maravilla del mundo, trago saliva mientras ella esboza una radiante sonrisa que me congela por completo, creo he dejado de respirar y sin darme cuenta me asfixio lentamente.

—¡Natalia quería! —exclama con un tono cargado de emoción—, al fin has llegado, creí que no vendrías hoy. —Me toma por los hombros con sus manos, me observa por un segundo como si se hubiera ganado la lotería y luego me abraza con tanta fuerza que duele.

¿Pero qué demonios es lo que sucede?

—¿Estás bien, mamá? —inquiero preocupada por cualquier cosa que vaya a decir.

Sus alegrías siempre significan que otro es el sacrificado, o más bien yo.

—Estoy perfecta, hija. —Me empuja hacia el sofá y me hace sentar junto a ella. Creo que jamás en la vida me había tocado tanto como en este momento—. Te encontré un esposo, un hombre que está dispuesto a casarse contigo sin necesidad de conocerte en una cita y que además le dará a tu padre una cuantiosa dote…

—¡¿Qué?! —Sus palabras mueren en su boca y sus ojos se abren tanto que por un instante es como si se salieran sus órbitas—. ¿Te has vuelto loca mamá? —Me levanto de golpe y me aparto de su lado sintiendo como la irritación me sube por el esófago.

—No —dice y se levanta también recuperándose de la impresión—, no, Natalia, no me he vuelto loca. —Camina hacia mí muy lentamente, como un depredador—. Solo encontré lo que necesitas: un esposo con una excelente posición económica, que además, cuya unión, beneficia a tu familia en muchos sentidos —señala como si me explicara a detalles como tomar una fotografía con la mayor calidad posible utilizando la cámara del teléfono—. Ambas sabemos que todos tus pretendientes se han decepcionado de ti luego de la primera cita, así que porque no mejor conocerse en el altar.

A cada palabra que pronuncia pienso más y más que en definitiva se ha vuelto completamente loca.

—Tu futuro esposo es uno de los amigos de tu padre, claro te lleva algunos añitos de más, pero no lo aparenta, luce como cualquier hombre de… treinta —continúa al tiempo que rebusca en su bolso y saca una fotografía—. Es muy guapo, ¿no crees? —Por reflejo tomo la foto de su mano, pero mis ojos permanecen en el rostro sonriente de mi mano.

La miro incrédula sin poder definir qué es lo que pasa por su cabeza, una cosa es tratar de ligarme con algún riquillo imbécil de mi edad, pero llegar al punto de hacerlo con un tipo que podría ser mi padre.

—Esto es el colmo, mamá. —Mi voz sale más calmada de lo que esperaba.

—Tiene una fortuna impresionante hija —anuncia como si eso fuera motivo suficiente—. Es viudo y no tiene hijos —continúa—, además, el sexo a tu edad es mejor tenerlo con hombres mayores, hombres experimentados, que ya saben cómo complacer a una mujer y quizás eso ayude a que te embaraces en poco tiempo, yo tenía tu edad cuando tuve a mi primer hijo. —La veo, la escucho y sigo sin creerlo, es como si mi cerebro no pudiera procesar del todo que su realidad y la mía no son la misma.

—¡Por Dios! —exclamo alterada, aunque mi voz se mantiene extrañamente moderada y serena—.¡¿Qué diablos pasa por tu cabeza, mamá?! —Me dejo caer en el sofá de nuevo sintiendo que en cualquier momento me dará una apoplejía por todas las locuras que le escucho decir—. Yo no necesito que hagas de celestina conmigo y mucho menos que intentes emparejarme con el abuelo de Barney. Tampoco quiero que me aconsejes quedarme embarazada para asegurar que un hombre se quede a mi lado, eso es lo más absurdo que he oído en toda mi vida. —Aprieta los labios para ocultar el ligero temblor que se apodera de ellos—. Estoy consciente de que a ti te funcionó lo del matrimonio arreglado, pero a mí no ni a mis hermanos y lamento tener que decirte esto, pero ya estoy casada, soy parte de la deshonra de esta familia —anuncio con fuerza, aunque sin alzar la voz ni hacer ningún tipo de espectáculo.

De nuevo abre los ojos y esta vez, si se le salen de sus órbitas, las venas de su cuello se hinchan a la vez que su rostro se torna tan rojo como un tomate. Puedo ver como la ira se acumula dentro de su pecho y le sube por la garganta, como un volcán a punto de hacer erupción. Ahora no estoy muy segura de la decisión que tomé, aunque a decir verdad, me libro de tener que casarme con un hombre mucho mayor que yo.

—Dime que no acabas de decir, lo que creo que escuche salir de tu boca —ordena tratando de controlar el ataque histérico que pugna por salir de su interior.

—El sábado haré una cena en mi departamento, para presentarles formalmente a mi esposo y te advierto, Eva y mi sobrino están invitados a esa comida. —Me levanto del sofá, le doy una última mirada y camino hacia la salida.

Afuera el aire frío me eriza la piel. A pesar de la discusión, y de la tensión que me pesa sobre los hombros, me siento libre, en paz. Como si ya no hubiera ataduras alrededor de mis tobillos, quizás lo que hice estuvo mal, pero fue la mejor decisión que he tomado en toda mi vida. Antes de volver a mi casa, decido pasar a ver a mi hermana, por lo que rodeo la propiedad y llamo a su puerta. Me recibe con un abrazo como siempre, me hace pasar y además de abrazar y besar a mi sobrino, le cuento las últimas noticias.

Digamos que no le disgusta del todo lo que hice, pero si me pide que tenga cuidado, después de todo Tristán es un completo extraño para mí y ahora estaremos compartiendo un mismo techo.

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