ESTHER-ELENA
Corría como nunca antes lo había hecho.
Mis patas golpeaban la tierra húmeda con fuerza, mis músculos ardían con la intensidad del esfuerzo. El viento cortaba mi pelaje mientras la luna iluminaba el camino que me llevaba de regreso a la casa de Charles, mi padre.
O tal vez debía llamarlo mi verdugo.
El lobo dentro de mí rugía con fiereza. No éramos dos entidades separadas; ahora éramos uno solo, una fuerza indivisible que se negaba a seguir viviendo en las sombras del pasado.
Habí