El aire en la habitación se sentía pesado, denso, como si las paredes estuvieran absorbiendo mi desesperación y devolviéndola amplificada. Frente a mí, sobre la mesa, se apilaban los diarios de la madre de Dámaso, las hojas amarillentas llenas de palabras que parecían un rompecabezas imposible de resolver.
Llevábamos dos días buscando en el bosque, siguiendo el liderazgo de Alaric, pero era como perseguir sombras. No podíamos darnos el lujo de perder más tiempo. Igor estaba en peligro. Mi hijo