45. Pasiones y corazones fríos
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Cuando Kristian llega a casa, la mansión está en silencio. No ese silencio incómodo de las casas vacías, sino uno más contenido, como si las paredes respiraran despacio. Las luces del vestíbulo están encendidas, cálidas, y el eco de sus pasos resuena con suavidad sobre el mármol.
En la cocina solo queda una empleada. Una mujer joven que está secando la encimera, claramente lista para irse. Se sobresalta un poco al verlo entrar.
—Buenas noches, señor —dice con respeto.
Kristian asiente, se afloja el nudo de la corbata y mira alrededor.
—¿Mi esposa? —pregunta sin rodeos.
—La señora llegó hace un rato, señor. Subió directamente —responde ella.
Kristian se quita el abrigo y lo deja sobre una silla.
—Puedes irte a casa —dice entonces—. Yo me encargo de todo.
La empleada duda un segundo.
—¿Está seguro, señor? Puedo quedarme si necesita algo…
—Estoy seguro —interrumpe con un tono firme, pero no cruel—. Gracias.
Ella asiente, toma su bolso y se despide con un leve gesto antes de