38. Nada llamativo
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Freyja la observa en silencio.
—Aún lo amas —dice de pronto.
—Deja de decir tonterías —salta Elise enseguida.
Su voz es firme, cortante, como si necesitara poner un muro entre lo que Freyja insinúa y lo que ella no quiere volver a sentir. Sigue comiendo, pero ya no tiene el mismo apetito.
Freyja la observa con atención. No hay burla en su expresión, solo curiosidad genuina.
—Parece que le importas —dice con calma—. Entonces… ¿por qué te divorcias?
Elise deja los cubiertos sobre el plato. Respira hondo antes de responder.
—Porque ama a otra —contesta—. Su luz de luna blanca no soy yo, Freyja.
Lo dice de forma tajante, sin temblor, como si ya hubiera repetido esa frase demasiadas veces en su cabeza.
Freyja frunce el ceño.
—Pero mira cómo te trata —insiste—. Parece una novela romántica de esas en las que el tipo está enamorado sin saberlo. Créeme, sé de lo que hablo.
Elise alza la mirada por fin. Sus ojos están cansados.
—No —responde—. No lo sabes, los he visto juntos.
Y