Con el rabillo del ojo, Sofía distinguió el borde de una prenda familiar.
Era Daniel.
«¿Todavía no se ha ido?»
Daniel, al notar que Sofía lo había visto, dejó que el rencor en su mirada se intensificara. Irrumpió desde el rincón donde estaba y se plantó frente a ellos.
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Sofía.
—Vaya, vaya, ¿no es el mismísimo Daniel Mendoza que salió huyendo del salón hace un rato?
—¡Sofía, maldita infeliz, no te creas tanto!
Daniel fulminó con la mirada a Alejandro,