El señor Héctor escuchó sus palabras y apenas asintió con la cabeza.
Se puso unos guantes y palpó con sumo cuidado el jarrón.
Tras un largo rato, levantó la vista hacia Eduardo Vega.
—¿Cuánto le costó, si se puede saber?
Eduardo irguió la cabeza con orgullo e hizo un gesto con la mano indicando una cantidad considerable.
—Mientras a mi suegra le guste, el dinero es lo de menos. ¡El dinero no es lo importante!
Se oyó un murmullo de asombro entre los presentes.
—¡Vaya que el joven Vega se lució es