Mateo asintió, con una expresión de total confianza.
Antes de irse, no se olvidó de despedirse de su hermana. Le acarició la cabeza y dijo con toda seriedad:
—Bueno, hermanita, ya me voy. No me extrañes demasiado.
Lucía, sin embargo, permanecía absorta en su propio mundo, jugando con algo que tenía en las manos sin decir una sola palabra.
Al verla así, el brillo en la mirada de Mateo se atenuó por un instante, pero lo recuperó.
—Listo, mamá, ahora sí me voy. Te encargo mucho a mi hermana.
—Ay, n