Eduardo apartó la mirada de Sofía a regañadientes y se volvió hacia Valeria para tranquilizarla.
—Claro, ve. Aquí te espero, no me voy a mover.
Valeria asintió con docilidad y se dirigió al baño con su bolso.
Al verse en el espejo, su propio reflejo la sobresaltó. La cara transformada por la furia que le devolvía la mirada la dejó sin aliento por un instante.
«¿Esa soy yo?»
«Solo quería un poco más de atención, ¿qué tiene de malo?»
Pero toda la culpa era de Sofía.
Si no fuera por ella, jamás se