Sofía cerró la puerta y, desde luego, no escuchó los insultos de Valeria.
Y aunque los hubiera oído, le habría dado lo mismo.
Como su madre no estaba en casa, se atrevía a ser así de altanera.
Como no obtenía respuesta, Valeria estaba que echaba chispas, sola y con la cara roja de puro coraje.
Estaba a punto de tirar todo lo que había sobre la mesa para desahogar su furia.
Justo en ese momento, Lorena regresó.
—¿Qué tienes, Vale? Estás coloradísima. ¿Te sientes mal?
A pesar de lo que aquella hij