Daniel asintió levemente, sin añadir palabra, con una expresión de decepción y melancolía en la cara.
Eduardo, rodeando la cintura de Valeria con el brazo, le susurró al oído, pero con voz suficientemente audible:
—Vale, mi amor, no te vuelvas a juntar con gente de este tipo.
Daniel apretó los puños; sabía que el comentario iba dirigido a él. Incapaz de contenerse más, dijo:
—¡Ya basta! Me golpeaste dos veces, ¿qué más quieres?
Eduardo no le respondió, solo se burló.
Él no quiso prolongar la dis