Alguien reconoció a Sofía y se acercó a saludarla.
Ella se limitaba a inclinar la cabeza con discreción, cada gesto medido a la perfección.
Se desenvolvía entre la élite con una naturalidad pasmosa, irradiando un magnetismo que la convertía en el foco de atención dondequiera que fuese.
Incluso los directivos más experimentados no escatimaban en elogios.
Desde el extremo opuesto del salón, Daniel la observaba, la mandíbula tensa por la rabia.
«Esa maldita… ¿Tan bien le iba sin él?»
«Y con esa rop