La sala estaba abarrotada de periodistas, cámaras y luces que iluminaban cada rincón. El murmullo incesante creaba una cacofonía que retumbaba en mis oídos, mientras mis manos, heladas y húmedas, se aferraban con fuerza al borde de la mesa frente a mí. No podía evitar preguntarme si los notables enseñamientos de oratoria de Xavier serían suficientes para lidiar con el peso de ese momento.
Tomé una respiración profunda y recorrí la sala con la mirada. Los rostros desconocidos parecían ansiosos p