No sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie. A ratos me parecía que habían pasado horas; otras veces, que apenas habían sido unos minutos suspendidos fuera del mundo.
La lápida era sencilla. Cristhian siempre había detestado lo ostentoso, aunque hubiera vivido rodeado de ello. Anastasia insistió en enterrarlo allí, en uno de los terrenos más altos, donde el viento corría limpio y el lago se veía a lo lejos como una franja plateada que partía el horizonte. Dijo que quería tenerlo cerca, lo que me