¡Ella ya le habló de mi muerte!
Cuando por fin volví a abrir los ojos, lo primero que noté fue que la habitación estaba más silenciosa de lo habitual. Los ayudantes del sanador no se movían de un lado a otro afuera, no se oía al Alfa Alaric hablando con nadie, e incluso el tenue aroma de las hierbas parecía menos abrumador que antes.
Mi cuerpo seguía sintiéndose débil, con cada músculo doliéndome como si hubiera pasado días cargando pesadas piedras sobre la espalda, pero al menos la fiebre habí