¿Quién lo mató?
Cuando la noticia de la muerte del anciano Magnus llegó hasta mí, estuve a punto de convencerme de que había oído mal. Porque Magnus no debía morir. Todavía no. No de esa manera. Había pasado tiempo con él, lo había estudiado cuidadosamente y había salido de su residencia sabiendo que, aunque me había rechazado, no era un hombre al que se pudiera sacar del tablero con facilidad. Y, sin embargo, la manada ahora susurraba su nombre como una oración rota, como si la muerte hubiera