Leonardo volvió antes de que Clara cerrara la puerta.
No lo anunció. Llegó al pasillo del segundo piso pasada la medianoche con el saco colgado en la mano y ese cansancio específico que deja una conversación con Emilio: no el agotamiento físico de un día largo, sino el otro, el que embota la inteligencia durante unas horas y hace que incluso las decisiones sencillas parezcan costosas.
Clara lo vio desde el umbral de la habitación azul.
No preguntó por Emilio. No preguntó por el acceso al anexo,