Clara no podía dormir.
No era la primera vez esa semana, pero sí la primera en que el insomnio no tenía la forma de la angustia. Era la variedad más irritante: el cuerpo demasiado quieto y la cabeza demasiado activa, dando vueltas a cosas que durante el día habían parecido manejables y a las dos de la mañana adquirían un peso distinto.
Bajó a la cocina con bata y calcetines, encendió la luz pequeña del extractor, que era la que Elena dejaba para quién llegara de noche, y puso agua a calentar.