El sol de Madrid esa mañana mordía la piel. La zona de obras del nuevo desarrollo de lujo del Grupo Valerius, a las afueras de la ciudad, era una extensión de tierra dominada por maquinaria pesada, esqueletos de acero y cientos de obreros yendo y viniendo. El polvo de cemento flotaba en el aire, creando una neblina densa y asfixiante.
Diego bajó de la limusina con sus gafas de sol, luciendo un contraste absoluto con aquel entorno rudo. Elena lo seguía de cerca, vestiendo una blusa blanca y pant